Releyendo a Consalvi

bervum

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 Fue Pío Baroja quien explicó que “cuando uno se hace viejo, gusta más releer que leer”.  Y como que es verdad.  Los tres últimos libros que he disfrutado son obras que ya había leído.  Por eso, quiero compartir con mis lectores algunas frases e ideas tomadas de un libro que acabo de terminar y que, aunque trata de historia patria, se lee como un thriller: “La guerra de los compadres”, de Simón Alberto Consalvi, editado por Los Libros de El Nacional hace ocho años.  Con un incentivo añadido: el prólogo es de Ramón J. Velásquez.  Y aquí debo hacer una digresión: cuantas veces me ha tocado escuchar a Delcy Eloína, alzo la mirada al cielo y exclamo: “¡Ah, cómo hace falta un canciller como Consalvi; estudiado, culto, bien relacionado internacionalmente, políglota y —por sobre todo— bienintencionado y con mucha sensatez!”

 

Pero vayamos a lo que nos toca.  En el mero prólogo, Ramón J. se hace unas preguntas que parecieran escritas para el día de hoy: “¿Qué sucede con los hombres de poder, condenados fatalmente al desconocimiento de las realidades de la política, e, incluso de su propia condición humana?  ¿Por qué, seducidos por el poder y aferrados a sus privilegios pierden la noción del mundo en que se mueven, menosprecian la naturaleza de las cosas, y terminan por sentirse como poderosos dioses taumaturgos?  Como dioses poderosos capaces de verlo todo, menos el precipicio que se les abre a sus pies”.   Lo anterior fue escrito con la mente puesta en Cipriano Castro, quien no previó que José Bisonte —su compadre del alma, su compañero de exilios, su lugarteniente en los campos de batalla — fuese quien lo depusiera con engaños, se “cogiera el coroto” y se encargara de que no volviese a pisar territorio venezolano. 

 

El párrafo le cae de perlas a la nomenklatura actual; ¡pareciera que hubiese sido escrito con ellos en mente!  Son una gente que sabe que lo han hecho pésimamente; que el mando les quedó enorme; que por culpa de ellos, media Venezuela se muere de hambre; que urbi et orbi se les reconoce como ladronazos y hasta enredados en asuntos de drogas.  Pero, nada, en vez de renunciar, que es lo ético, lo serio, siguen en su feria de las vanidades, sus inventos mesiánicos y sus desenfrenos personalistas.  Hoy —y antes, cuando el muerto viviente derrochaba el erario comprando amigotes internacionales—, a los venezolanos se nos volvió sospechoso cualquier discurso donde aparezcan las frases “justicia social”, “redistribución de la riqueza”, “igualdad” y demás aspiraciones populares.  Saliendo de sus bocas son pura retórica; mantienen y han empeorado las injusticias y la pobreza que encontraron hace casi 18 años, cuando devinieron en poder.  Hoy la ausencia absoluta de garantías ha retrotraído al país a condiciones inferiores a las de las dictaduras militares del siglo pasado. 

 

No exagero; en esos ya lejanos tiempos la población era pobre, pero comía completo.  Actualmente, contado por un querido amigo, uno de los pocos empresarios que sigue dando empleo en la Zona Industrial de Valencia, él ha tenido que contratar un enfermero y organizar un “CDI” dentro de la empresa porque, de los 140 obreros que tiene, unos 8 o10 se desmayan antes de mediodía porque se vinieron de sus casas sin desayunar.  Me añade que, hoy, le preocupa menos el logro de los objetivos, la obtención de insumos, el aumento de la producción, que la obtención de alimentos para repartirles gratis a sus empleados y operarios.  Se siente obligado, casi como un padre, a ayudar para que esa gente —que tiene 12-15 o más años formando parte de la empresa— no pase tantas penurias.

 

Mientras tanto, desde Miraflores, lo que hacen es tratar de mantener a la población distraída, mirando hacia afuera, para que no vean la torta que han puesto en estos casi 18 años.  ¡Y tienen la cachaza de echarle la culpa a “los gobiernos anteriores” en la “cuarta república”!  El pitecántropo barines fue quien empezó a imitar las mañas de El Cabito en esa materia: ¿la cosa esta mal por aquí?  Pues busquemos un enemigo exterior.  Si Castro rompió relaciones con Colombia, Holanda, Alemania, Estados Unidos, etc.; Boves II no se le quedaba atrás en eso de pelear con los poderosos.  Pero escudándose tras los votos de los sempiternos chulos: Cuba, Nicaragua, Bolivia y esa suerte de Melanesia que existe en el Caribe —es que, actualmente, los votos de esas pequeñas islas valen tanto como los de países de verdad-verdad.  Platanote, que no quiere ser menos que los otros dos gamonales —aunque con menos “dotes” (casi un capitis diminutio)— se da el tupé de mantener cerrada más de un año a la que fue la frontera más viva de toda Sudamérica.  Y le busca bronca al imperio, que lo deja correr, porque allá saben que revenge is a dish best served cold; ya le llegará su día.  Mientras tanto unos y otros, chulos y ofendidos, se ríen a sus espaldas.  ¡Cuánta razón tenía Pío Gil!: “El poder sirve para que las naciones se rían de algunos hombres que, sin ese poder, no harían reír sino en los corrillos de las esquinas, y para que los pueblos giman bajo la ferocidad de algunos hombres que sin ese poder estarían en el presidio”...

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Humberto Seijas Pittaluga