Precisiones lingüísticas

bervum

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Si algo ha caracterizado al régimen que desmanda en el país es la ligereza con la que utiliza las palabras. La mayoría de las veces, porque sus portavoces desconocen las más elementales leyes de la gramática, la etimología, la sintaxis y la prosodia; Por ejemplo las burradas del tipo que dice: “los penes y los peces”, “veterinarios para aumentar la producción de carne”, “huérfano de esposa” y “candidatas que sean mujeres”. Vale decir, y puesto en las palabras de Orwell en un comentario posterior a la aparición de “1984”: “… lo que se buscaba era que todos emitieran palabras desde la laringe sin que participaran en absoluto los centros del cerebro”. Sin duda alguna —y si dejamos de lado su obediencia perruna a la gerontocracia cubana— esa es la única materia en la cual Nicky ha resultado sobresaliente.

Pero también es por el uso táctico de eso que el mismo autor británico llamó “newspeak”. Permanentemente, la nomenklatura busca cambiar el significado habitual, cotidiano, de las palabras para adecuarlo a sus aviesos fines de eternizarse en el poder. Por ejemplo, a su ineptitud en el manejo de la economía y las finanzas nacionales ellos lo han denominado: “guerra económica”. Si algún opositor da unas declaraciones con opiniones contrarias al pensamiento único que pretenden imponer los apparatchiks, se le acusa de estar “conspirando” ¡Por amor de Dios! Por definición, la “conspiración” es algo que se hace entre dos o más personas que se reúnen en un escondrijo y se secretean cosas. Por aquello del latín com (juntos) y spirare (respirar); o sea, “decirse cosas en la pata de la oreja”. Expresar en voz alta nuestros pensamientos no puede configurar el delito de “conspiración”. Pero, igual, el SEBIN te lleva preso. Si alguien conspira aquí son ellos, los rojos que desmandan. Porque, recordemos la definición de “gobierno” que dio Santo Tomás Moro: “la conspiración de unos hombres (…) que buscan su propio bienestar amparándose bajo el nombre y el título de pueblo”.

La barbaridad cometida por la Sala Inconstitucional de autorizar al nortesantandereano para “decretar” el presupuesto del 2017 es una arbitrariedad que deja patente a los ojos del mundo —inclusive ante los chulos que han medrado bajo Boves II y el actual Atila— que estamos ante una neodictadura. Madame Botox debiera recordar una sentencia que cuidado si hasta a jurisprudencia llega, y que fue redactada por su querido coleguita Aponte Aponte —hoy cantante ante la DEA— al analizar el artículo 144 del Código Penal: “…el alzamiento implica actuar con desprecio a la Constitución o a la Ley, esto es, rebelarse o sublevarse contra la sumisión normativa que inspira el texto constitucional o legal”. Vale decir, que ella y sus conmilitones en el bufete al servicio de Miraflores son reos al desconocer lo que dispone el Art. 313 de la mejor Constitución del mundo: “Si el Ejecutivo no presenta el presupuesto a la Asamblea, o si lo hace después del 15 de octubre, (…) el presupuesto queda reconducido”. Ahí no hay interpretación que valga; eso es taxativo.

Por ahí, recientemente, el enano que emplea la televisora del Estado para hacerse propaganda en sus aspiraciones de suceder a Platanote pontificó: “Jamás tocaríamos a los familiares de nuestros enemigos políticos”. Pero no es él solo. Casi todos los rojos emplean la palabra “enemigos” para referirse a quienes se les oponen. cuando debieran usar, más bien, “adversarios”, “opositores”, “contrarios”, etc. Es que tienen la necesidad de estigmatizar a los antagonistas y buscar que se les aplaste. Porque eso, si nos vamos al mataburros, es lo que hay que hacer con quienes son “contrarios a otros en una guerra”. La deformación mental del Espanto Sabanetense fue la que metió “batallón”, “frente”, “brigada” y otros términos del habla militar —incluyendo “enemigo”— en el lenguaje de la política. ¡Y cómo le han sacado el jugo a esa jerga! Que no ha hecho sino polarizar más a la ciudadanía. Acción que comenzó con el “freír cabezas” del año 98. Era lo que se buscaba: dividir para reinar…

En esta enumeración no podía faltar “rebelión”. Hace poco, el director del Sebin —a quien le sabe a fruta eso de que no puede haber aprehensión sino ante la presencia de un delito flagrante— sindicó al alcalde Ocariz, como involucrado en una “rebelión militar”. A todo el mundo le quedó claro que eso no era sino una “olla”, como se dice en el mundo político, para tratar de descabezar al responsable de la movilización nacional para la ratificación de voluntades que se les viene encima a Nicky y sus compinches, incluido el difamante inculpador.
La tipificación del delito de rebelión implica, entre otras cosas —además de su naturaleza plurisubjetiva (pomposa palabra abogadil), ya que exige que haya “pluralidad” de conductas humanas— una actitud hostil y la existencia de violencia. De manera que González López apuntó mal. Y para más ñapa, resulta que Ocariz es más buenote, manso e inerme que el gusano de una guayaba.

Como yo lo veo, quien comete el delito de rebelión son el régimen y sus conmilitones. Porque están dictando medidas extra legem que perturban el libre ejercicio de nuestras facultades constitucionales y tratan de impedir que busquemos revocar, dentro de los términos y formas legales, a los actuales mandantes. Y porque desde el mismo enero de 1999 han intentado acabar con el sistema democrático, eliminar la división de poderes y emascular a la ciudadanía abrogándole sus derechos fundamentales.
Y así se decide —para rematar con una frase que a Gladys le gusta mucho decir y refrendar…

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Humberto Seijas Pittaluga