Mi ordalía para sacar una fe de vida

bervum

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Debo comenzar por hacer una advertencia a los posibles lectores: lo que sigue es un texto que escribí solo destinado a mis compañeros de armas, pero recibí tanto feedback sugiriéndome que lo publicara como uno de mis artículos, que me dije: “Muerto, ¿quieres misa?” Y, consecuentemente, como dijo Rizarrita, “esto es loquiai”. Arranco. 
Apreciados compañeros, quiero compartir con ustedes mi experiencia para tratar de satisfacer la “necesidad” del Instituto de Previsión Social de saber si nosotros seguimos vivos después de las provectas edades que ya tenemos.
Comencé tratando de hacer lo ya realizado en las veces anteriores: llenar una forma en la sede local del Instituto de Oficiales Retirados. Lo que logré fue un: “no hemos recibido instrucciones de Caracas”.

Siguiente paso: ir a la “unidad militar más cercana”, como dice el aviso del Ipsfa. En mi caso, la Brigada Blindada. En la entrada, antes de la Prevención, un soldado me recibió con un: “¿Qué vienes a hacer, papá?” Tuve que decirle con ceño arrugada que fuese más respetuoso, que no recordaba haber estado en la cama con la madre de él y que, en todo caso, yo no hacía muchachos tan feos. Llamó a un sargento para que ¿lo respaldara? Lo primero que me dijo fue: “¿Qué se le ofrece al amigo?” Le reviré diciendo que yo no lo conocía, por lo que mucho menos podía ser su amigo. Quiso ponerse cómico y le dije debía tratar a la gente como ordena la Constitución, con el tratamiento de “ciudadano”. Un mayor —¡que monta guardia en la Prevención!, cuando eso era desempeñado por subtenientes en nuestros tiempos— al notar el erizamiento de la situación se acercó y tomó el control. Debo reseñar que el oficial estaba esmeradamente bien uniformado y que fue muy correcto en el tratamiento. Vino a mi mente aquello de: “Todo militar, cualquiera que sea su grado, clase o empleo deberá ser culto en su trato, aseado en su traje, marcial en su porte, respetuoso con el superior, atento con el inferior, severo en la disciplina, exacto en el deber e irreprochable en su conducta” y me dije para mis adentros que, afortunadamente, todavía quedaban algunos. Cuando le expliqué las incorrecciones y faltas de respeto de sus subalternos, me preguntó si yo era un oficial. Le mostré mi carné y, de ahí en adelante, fue “mi general” antes de cada frase pronunciada. Me dijo que ya antes habían venido dos oficiales retirados para la misma diligencia y que se les había informado que “parecía que era en la Zodi donde se estaban recibiendo las fes de vida”. Fue mi único reproche para el mayor: ¿Por qué “parecía”, si ya antes había lidiado con eso?; que debería haberse cerciorado para informar con certeza. Lo aceptó con respeto y dijo que iba a enmendar.

Averigüé que la fulana Zodi quedaba en el Parque Recreacional Sur, a no menos de una hora de tráfico endemoniado hacia el sur profundo de la ciudad. Al llegar, golpeó mi vista la mugre y el gamelotal en lo que se convirtió lo que era un limpio y hermoso lugar pleno de grama y simpáticas edificaciones. Pero, por ese afán del régimen de emascular a los gobiernos regionales y locales que no son presididos por copartidarios suyos, esa instalación, que era (es) un bien propiedad del Municipio Valencia fue “expropiado” con cualquier excusa baladí. Para llegar a la tal Zodi, tuve que dar varias vueltas y preguntar mucho porque ni un solo letrerito informaba de su existencia. Una bandera, mucho menos. Al final, llegué. Gran despliegue de mapas que, supuestamente, sirven para controlar el flujo de bienes y alimentos en la zona. Pero los uniformados que vi estaban muy ocupados, todos, jugando Solitario en los computadores. Uno, me explicó que no era en ese local donde se sacaba la fe de vida, sino en el puesto de mando principal de la Zodi. Al preguntar dónde quedaba, me dijeron que ¡en la fábrica de aceite Diana! Al reponerme de mi asombro, entré en la duda de si, uno, eso fue pensado para confundir al odioso imperio que, según los capitostes del régimen, seguidos por los de la cúpula militar actual, piensan invadirnos; o, dos si se trata de otro escudo humano —al igual al que han construido en Fuerte Tiuna— para cuando suceda (que no sucederá) el bombardeo que lanzará (otra vez) el imperio meeesmo.

Puse proa hacia el este por 11 kilómetros más de tráfico salvaje. Llegué, dejé el carro en un tierrero que, según la “empresa” es el estacionamiento de visitantes y fui recibido por, deduciendo por la facha, un camarada. Fue correcto en su trato, me pasó a una recepción donde uno no sabe si hay más fotos del muerto eterno y del inmaduro que copartidarios con chemises rojas. A diferencia de la Brigada o de la Zodi del Recreacional, donde pude entrar a las instalaciones, de la recepción no pasé. Vino un teniente. Fue correcto, aunque nunca hizo caso a lo que dispone la última línea del carné que le mostré acerca de guardar “las consideraciones debidas a su rango”. Debe ser que no sabe que “rango” y “grado” pueden ser sinónimos. Le di mis datos, se fue para adentro y en unos cinco minutos me entregó el papel que acreditaba que yo todavía estaba vivo ese día.

La diligencia me llevó cinco horas y 83 kilómetros. Y me quedé con un par de dudas: ¿es la Zodi quien debe decirle al Ipsfa que todavía no me ha matado un malandro? ¿O habré de ser yo quien deba trasladarme a otra ciudad para entregar el papel en una de las sucursales del Ipsfa que hay en localidades de menor importancia que Valencia —la tercera ciudad del país— donde no la hay.

Mi conclusión: parece que las FFAA se copiaron la forma de pensar del régimen: ¿por qué facilitar las cosas, si podemos hacerlas más difíciles todavía?…

hacheseijaspe@gmail.com

Humberto Seijas Pittaluga