Límite y frontera

bervum

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Yo debiera estar abordando otro tema porque faltan escasos días para las elecciones de alcalde — esas en las cuales, las arpías del ministerio electoral del régimen no nos dejaron escoger concejales, igualito que en las anteriores, cuando nos afanaron los diputados regionales—, pero es que he recibido tanto correo relacionado con lo que aseveré en mi anterior artículo que ni Carabobo ni Valencia son fronterizos con países del exterior, que creo que debo extenderme un poco más en mi afirmación. 

Ya desde el 2008, los magistrados del Tribunal de la Suprema Injusticia para ayudar a sus copartidarios evitando que alguien que no fuese rojo-rojito llegase a algunas gobernaciones o alcaldías inventaron que Valencia es un municipio fronterizo. Cosa que es falsa de toda falsedad: el límite norte del municipio esta en la línea de divorcio de aguas de la Cordillera de la Costa; más al norte que eso, lo que está es el municipio Puerto Cabello.

Claro que ellos se basaron en un concepto erróneo que se coló en la Constitución vigente (la mejor del mundo hasta hace poco, cuando se les hizo incómoda a los mangantes actuales): pusieron “fronterizo” cuando debían haber tipificado “limítrofe”. Es que, cuando uno va al Diario de Debates de la Constituyente del 1999, encuentra que el espíritu de la norma se fundamenta en el deseo de que alguien con dos nacionalidades (venezolana y colombiana) no pudiera ser gobernador del Táchira o del Zulia, o alcalde de Ureña o de Guasdualito. Cosa que era comprensible porque estaba fresco en la memoria que en Colombia se había formado una querella porque un alcalde de Cúcuta había nacido en Capacho, de este lado de la raya.

Lo que nos lleva a aclarar los conceptos. El “límite” es eso, una raya que separa, deslinda. Según el DRAE, es una “Línea real o imaginaria que separa dos terrenos, dos países, dos territorios”. Mientras que el mismo mataburros explica en su primera acepción que “frontera” es algo que está “puesto y colocado enfrente”; solo en su cuarto significado la cataloga “confín de un Estado”. Ya desde los remotos tiempos de mis estudios de Estado Mayor —cuando escuchaba a Kaldone Nweihed, toda una autoridad en la materia— tengo claro que la frontera es un espacio territorial físico, tangible, sobre el cual uno puede situarse, de anchura variable, que une a dos conglomerados humanos; mientras que, por el contrario, el límite es un ente jurídico creado por la Ley y aceptado por la comunidad internacional, una abstracción de origen político, una línea. Y como tal, con longitud pero sin anchura o grosor. Dos países pueden deslindar sus límites pero no sus fronteras. Y una cosa más: mientras que la frontera, básicamente, es plana; la ficción jurídica del límite lo eleva hasta la estratósfera y desciende hasta el subsuelo.

Es tan cierto que Carabobo no es un estado que limita con otro país —y, por tanto, mucho menos puede ser fronterizo— que, si alguien zarpa de cualquier punto de la costa para pasar el día en alguna de las islas que tiene enfrente, Goaiguaza, Larga, Alcatraz, etc., tiene que salir de dicho estado y navegar las aguas interiores y el mar territorial para llegar a ellas. Que, dicho sea de paso, NO son de Carabobo sino que pertenecen a esa ficción legal, casi una entelequia, que la Constitución designa “dependencias federales”. Ergo, si Carabobo no es limítrofe con otro país porque no está contiguo a ninguno, y no tiene ni un centímetro cúbico de agua salada, Valencia, que ni siquiera puede ver el mar, mucho menos.

Pero había que frenar, en aquellos tiempos, a Francisco Cabrera —un querido amigo, un excelente funcionario, un empresario exitoso—, de quien se sospechaba (¡ojo!, que no pasaban de eso, de sospechas) que pudiera aspirar a la gobernación. Y los magistrados, tan obsecuentes ellos, complacieron al PUS. Con ese antecedente, trataron también de frenar a Miguel Cocchiola, pero no pudieron: con todo el dolor de su alma, y con la comprensión de toda Valencia, él entregó su pasaporte italiano y se quedó con el venezolano. Y con toda razón, ahora busca la reelección. Yo lo apoyo en esa diligencia. En la actualidad, no hay en toda Valencia un líder que sea tan conocido como él. Y con el corto tiempo para hacer campaña que concedieron las brujas de Macbeth, ¡perdón!, las honorables damas del CNE, no hay alguien que pueda intentar asemejarse a él en popularidad.

Ojalá, cuando el TSJ esté conformado con magistrados de verdad-verdad, unos que pongan su sapiencia al servicio de la justicia y no, como en la actualidad, a favor de una tendencia política, se logre revertir esas sentencias que lo que hacen es empobrecer más al país. La frontera entre el estado Táchira y el Departamento Norte de Santander era la más pujante de toda Sudamérica.; hoy, solo es el lugar por donde se cometen las mayores arbitrariedades y los más diversos delitos con la vista gorda de las autoridades nacionales. Eso también habrá que revertirlo cuando llegue a Venezuela un gobierno que reemplace al régimen actual.

Completada la argumentación, pero me queda espacio para una anécdota, para un

Otrosí
Recientemente, en razón de la tramitomanía imperante tuve que acudir a una dependencia oficial. Al hacer la solicitud en la recepción, la empleada me espetó: “Eso es solo los lunes y martes, papá”. ¡Papá, cuando la Constitución dice que el único tratamiento es de “ciudadano”! Con “señor” me hubiera conformado. ¡Pero “papá”, viniendo de alguien que tiene edad para ser mi hermana, no mi hija, es como mucho!…

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Humberto Seijas Pittaluga