La patria como confusión

bervum

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Hay palabras que se me atragantan, palabras que son tan incómodas, que me espinan la mano cuando trato de alcanzarlas, cuando trato de, aunque sea, rozarlas.

Son cualquier cosa, son mitos, son travestis verbales, son una cosa, pero parecen otra, las llamamos por un sustantivo, pero son subjetivas, no las entendemos, pero las decimos, las mentamos, las escupimos. No son nuestras, son, citando al personaje central de la película Il Postino, de quien las necesite

Pueblo, soberanía, dignidad, popular, democracia, justicia…

Pero ninguna como patria.

Qué es la patria, mi patria no es la misma de quienes nos gobiernan, como tampoco es la de quienes pretenden sucederlos (de ambos lados hay quienes sueñan con posar sus traseros en las silla presidencial y blandir la banda atravesándoles el pecho). Mi patria tampoco es esa de los hijos de Bolívar o la magnánima que se le abre al mundo, bien en los días de Carlos Andrés Pérez o en estos que hoy nos marca el calendario.

No tengo patria, dejé de tenerla de un plumazo, de una manera abrupta, como dejaron de tenerla los Checos o los Eslovacos, que un día descubrieron que eran checoslovacos, o como todos los países de la Europa invadida por los soviéticos.
Yo nací en Venezuela, República Federal de Venezuela, como rezaba la constitución. No soy bolivariano, no me crié en la República Bolivariana de Venezuela, eso no tiene que ver conmigo, como tampoco tiene que ver esa coletilla socialista que tratan de imponernos.

Menos es mi patria ésta donde asesinan por doquier, donde la anarquía de los colectivos y de los motorizados, sumando al hampa, común u organizada, han hecho de nuestra sociedad un geto encerrado, primero en una triste realidad y luego en sus temores.

Mucho menos quiero una patria con nombre y apellido, Chávez no es mi patria, como no lo es su proyecto, ni el socialismo, mi patria no es una cometa que se mueve al viento de las zafadas ocurrencias de un bellaco y sus seguidores, de un grupo de bravucones de barrio, marionetas, por peor desgracia, de un fósil que no acaba de morir (tanto en lo político, como en lo ideológico y porque no, en su existencia en sí). No, mi patria tampoco depende de un colectivo enajenado, lleno de odio y de oportunismo.

La patria de la que reniego, está llena de mendigos vestidos de rojo, de asaltantes y saqueadores uniformados de granate, invasores arengados desde el poder central (mi patria tampoco es centralista, de paso), de militares saqueadores o almas resentidas. 

Mi patria limita con Brasil, Colombia, la Guyana, el Mar Caribe. Mi patria no es enemiga visceral de Estados Unidos o Israel, en mi patria no se da cobijo a los dictadores del mundo, ni se defienden causas asesinas, por solidaridad automática y antiimperialista. Tampoco se esconde a criminales solicitados en el mundo, narcotraficantes o estafadores.

Mi patria es un concepto, algo que dejó de ser, es una patria de justicia legal, social y lógica, de trabajo y esfuerzo. No creo en el socialismo, es algo antinatura, en una manada de leones, solamente el mejor macho y la mejor hembra se procrean. Si el universo fuera socialista, estaríamos rodeados de planetas habitados. Si la vida fuera socialista todos seríamos del mismo color, contextura y condición.

Llego acá sabiendo que el término apátrida no me ofende, no me discrimina, ni me ridiculiza, tampoco me iguala con aquellos a quienes se les endilga. No. No tengo patria, porque esto no es mi patria.

Soy venezolano, nacido en un país que dejó de ser hace mucho y terminó de perderse hace poco. 

Omar Camejo