La circunstancia militar

bervum

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Desde que vi la foto en Facebook, la tengo clavada en la mente; es la que muestra a tres hombres jóvenes, uniformados de verde, sentadotes en el área de espera de un banco, mientras que una mujer, que pareciera estar encinta, está de pie a menos de un metro de ellos.  Quien subió la foto lanzó un reto: “¿Cómo titularía usted esta foto?”  Las respuestas fueron abundantes y punzantes.  Desde el ya común: “El honor NI se divisa”, pasando por un: “… pobres pendejos, sin un mínimo de educación, la desmoralización social a todo vapor”, hasta un: “Es la ‘nueva ola de centauros’; se perdieron esos reales”.  Por mi parte, yo, todo dolido, escribí: “Por el uniforme, parecen militares.  Pero para serlo de veras se requiere también que sean pundonorosos y caballeros. Así me lo enseñaron, así me comporté, así lo prediqué y así lo exigí.  Lamentablemente, parece que desde hace 17 años ya no se usa…”

 

Es verdad, la educación se aprende en la casa, pero en las aulas y las unidades militares nos esmerábamos en tratar de completar y refinar lo que ya los subalternos traían de sus hogares.  Trascendía a la vida social que hacíamos; como regla general, predominaban la decencia, el civismo, el buen tono empleado por los militares.  La gente lo notaba y lo reconocía.  Pero ya no más.  Desde que un chafarote llegó a la presidencia e impuso su lenguaje y desplantes cuarteleros (utilizo el adjetivo en su acepción menos ponderativa), todo empezó a descomponerse, fue tomando dimensiones y velocidad hasta que nos han traído al estado actual de cosas donde es frecuente el irrespeto por parte de uniformados a los derechos que nos garantiza la Constitución.  Los desplantes, las vías de hecho, las “órdenes” dadas en mal tono y con lenguaje soez están presentes en el día a día de los venezolanos.

 

A esto se llegó, estoy convencido, de manera planificada.  El hoy muerto viviente necesitaba acabar con dos sólidos basamentos en los cuales descansaba el estamento armado: la institucionalidad y la meritocracia.  Solo así podría lograr su doble cometido: perpetuarse en el poder y engranar a Venezuela en los planes de regreso al socialismo real que se urdían desde La Habana.  Uno de los primeros pasos que dio fue la prostitución de una parte del generalato con el “Plan Bolívar 2000”.  Eso de manejar inmensas cantidades de dinero de manera discrecional, sin control alguno, fue una tentación muy fuerte para algunos.  Se llegó hasta el escándalo de un general —de los más sonados en esos tiempos— que para esconder parte de lo sisado le abrió una cuenta bancaria por cien millones de bolívares a la empleada doméstica de su casa; sin conocimiento de esta, claro.  ¿Se acuerdan?  En esos tiempos no había Twitter ni Facebook, pero fue titular periodístico durante varios días.  Pero Bolivita no se dio por enterado y dejó que el caco siguiera robando.

 

Lo otro fue proliferar los altos mandos: decretó que “el ascenso es un derecho”.  Ya no era más lo que se nos había explicado desde el mismo día de nuestro ingreso: “el ascenso es un premio al mérito”; por tanto, no reclamable por los interesados.  La resultante: macrocefalia en la FAN; es tal, que hay más generales que tenientes; o sea, la pirámide organizacional patas pa’rriba.  La abundancia de soleados también tenía otro fin avieso: evitar el surgimiento de un líder en el estamento militar; el liderazgo se diluiría entre tantos aspirantes.  Solo el Único sería eso: único.

 

Pasado de moda el “Plan Bolívar 2000”, y permaneciendo en el régimen la necesidad de corromper al generalato, se apeló a otro recurso: la militarización de las organizaciones gubernamentales.  Y los designados, al llegar, vienen arreando con una cuerda de subalternos que van a ocupar puestos claves.  Para los que no están preparados, pero lo esencial para ellos no es hacer, sino medrar.  Por culpa de estas designaciones, en mucho, es que el país se desmorona.  Pongo un ejemplo; probablemente el menos trascendente: en la ciudad donde vivo, el régimen expropió una fábrica de aceite.  Cada seis meses, más o menos, llega un general nuevo.  Pero la planta no arranca; ni contribuye con el abastecimiento.  Dicen que uno, más avispado que los otros, importó —con sobreprecio y empleando divisas oficiales— aceite de oliva para venderlo con descomunales ganancias.  ¿Ingresarían al Tesoro?  Vaya usted a saber…

 

El ilegítimo actual, a pocas horas de la paliza que recibió el 6-D informó que los militares regresarían a los cuarteles.  Lo que se nota es lo contrario.  Pero en él no es raro que hable por los dos lados de la boca, ni que haga todo lo inverso de lo que dijo en alguna de sus latosas cadenas.

 

Remato con algo que viene al caso, y no marginalmente: Jorge Lanata, el periodista argentino, en una conferencia que dio en Harvard, explicaba: “…los países viven los momentos críticos como si, de pronto, un grupo llegara en un ovni a dominar a un montón de nacionales honrados. (…) algo que deberán responderse los propios venezolanos: ¿de qué modo el propio país ‘creó’ a Chávez, creó las condiciones para que Chávez se reprodujera y perdurara en el poder?  En todos los países hay monstruos de guardia, como las farmacias: la gente los llama cuando ve que sus deseos se volvieron excesivamente animales y más tarde, cuando brota demasiada sangre debajo de la alfombra, el público se golpea el pecho como una ancianita devota y perjura no haberlos conocido nunca”... 

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Humberto Seijas Pittaluga