El enemigo empollado

bervum

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Cada día está más claro, y con la “guerra económica”[1] es más evidente, que en Venezuela tenemos dos sistemas económicos y políticos contrapuestos, uno en ciernes y el otro en decadencia. En ciernes: el participativo y protagónico de tendencia socialista. El decadente: el neoliberal representativo de tendencia totalitaria. Aún más, la finalidad de la guerra económica es agudizar las diferencias entre ambos sistemas para profundizar las contradicciones sociales (raciales, de clase, de género, etc.) que deben resolverse, formalmente, en comicios electorales e, informalmente, en actos de violencia colectiva.

¿Qué queremos decir con esto? Que la guerra económica, como estrategia política orquestada en Washington, ha servido para que se radicalicen los estilos de vida que cada uno de dichos sistemas genera y reproduce. El sistema participativo y protagónico de orientación socialista que se ha intentado instaurar en Venezuela desde 1998, implica una ruptura con el representativo que existía desde 1958 hasta esa fecha. Chávez reactivó la voluntad política de grandes sectores sociales que habían caído en la que se llamó la “desesperanza aprendida”. Nos repolitizó y eso significa un choque con el estilo de vida que se reproduce en la democracia burguesa representativa que separa y jerarquiza la vida privada (individual y segura) de la vida pública (colectiva e insegura).

Pero no sólo eso, sino que Chávez posicionó a la mujer y al hombre “de a pie” como un actor importante en el destino de la patria. Lo vemos en cada persona que emite su opinión sobre los temas que antes estaban reservados a los “expertos”, como por ejemplo el petrolero o el de la Integración Nuestroamericana. Este posicionamiento tiene unas exigencias que no están presentes en el modelo representativo. Exigencias no sólo teóricas, para emitir una opinión razonada, sino políticas, como la participación en la toma de decisiones en los consejos comunales, las comunas, las mesas técnicas de agua, de energía, etc., y estas exigencias además de una conciencia crítica, implican formación política e histórica, trabajo, esfuerzo y dedicación fuera de las paredes de la casa, es decir, más allá de los asuntos –privados- de la familia.

Por eso, la escasez programada y selectiva (núcleo de la guerra económica[2]), busca profundizar la brecha entre la vida privada y la vida pública y es muy fuerte la presión que ejerce sobre la gente que tiene que “perseguir” los bienes necesarios para la vida y a la vez mantener activa su participación política. A eso apunta la guerra económica, a que una labor rutinaria, como es reponer los bienes necesarios para la vida cotidiana, se convierta en un suplicio interminable como el de Sísifo. Por esto, uno de los efectos políticos de la guerra económica en amplios sectores de la población venezolana es que consolidó en sus imaginarios, construidos durante la Cuarta República, la convicción de que la participación política es tarea de unos cuantos “políticos profesionales que ni siquiera tienen que hacer mercado” y que la obligación de las y los ciudadanos de a pie es procurarse los ingresos para adquirir los bienes necesarios para vivir bien. Como dicen muchas personas: “mi partido es el Bolívar, porque si no trabajo no como yo ni come mi familia… de la política que se ocupen los políticos.”

En la tarea de reproducción de ese imaginario puntofijista, han tenido un papel decisivo los mal llamados medios de comunicación, el sistema escolar y las congregaciones religiosas neoliberales. La escasez programada ha hecho que se reafirme esta convicción en millones de venezolanas y venezolanos que han tenido que “desperdiciar” muchas horas semanales de sus rutinas hogareñas en la obtención de los productos alimenticios, de limpieza personal y medicinas, amén de reimpulsar el axioma neoliberal del “sálvese quien pueda” y el mito del “emprendedor exitoso” o “actor económico” que sabe aprovechar las oportunidades que le ofrece “el mercado” y, como lo justifican los sesudos economistas neoliberales, su modelo son las y los “bachaqueros”.  

La guerra económica vino para reinstalar entre las y los venezolanos el sistema representativo que había sido rechazado por las mayorías que eligieron a Chávez y hoy apoyan a Nicolás como continuidad del chavismo.  Dicho sistema tiene como sustento social la apatía política de la población. Una población que se conforma con “lo que le dicen que hacen y harán” los líderes de los partidos de oposición para proteger sus intereses personales. No hay en esa población un concepto de alguna entidad supraindividual que les motive a participar más allá del acto de votar. Al contrario, sus votos son contra quienes amenazan su estilo de vida despolitizado esgrimiendo conceptos que ellos consideran “abstractos y vacios”, pero peligrosos, como son: participación, protagonismo, patria, soberanía, socialismo, integración latinoamericana, etc. y, sobre todos, el de Poder Popular, que les hace reaparecer el “fantasma del comunismo”.

Hasta aquí lo que describimos es grave, pero más gravedad adquiere si asociamos el estilo de vida representativo que consolida la guerra económica, con lo que Sheldon Wolin, un teórico de la democracia estadounidense, denomina “Totalitarismo invertido”, que es el sistema político instituido hoy en Estados Unidos y que comenzó a instaurarse desde el comienzo de la “Guerra Fría”. Es un sistema formalmente democrático, en el que la mayoría de las personas asume un estilo de vida sumiso ante las decisiones del poder central, por lo que se desmoviliza y sólo afirma su voluntad política mediante el acto de votación. El sustento de dicho poder totalitario es la confianza que les genera a amplios sectores de la población un gobierno arbitrario a lo interno y agresivo hacia el exterior, que los protege del peligro que representó, durante la Guerra Fría, el comunismo, y luego el narcotráfico, el terrorismo y el Islam.

Vale la pena hacer notar que la “guerra económica” como estrategia política aplicada intensamente en Venezuela, coincide con el éxito político logrado por el “bloqueo económico” ejercido contra Cuba durante más de cinco décadas. Aunque Obama dijo que dicho bloqueo había sido un error de la política exterior estadounidense, nadie puede negar que su “finalización” se convierte en un triunfo del capitalismo, porque a pesar de conservar sus instituciones socialistas (no sabemos por cuánto tiempo), el Estado cubano, y aún más la sociedad cubana, está entrando de lleno al dominio del Capital expresado en esa especie de “Matrix” llamada “mercado”.

 La fenomenología de la Revolución cubana publicitada mundialmente, consiste en largas colas de personas esperando los bienes de consumo básico y miles escapando del régimen “castrocomunista” hacia Estados Unidos en embarcaciones improvisadas. Esta fenomenología está instalada en el imaginario del pueblo venezolano como evidencia del fracaso del socialismo en la satisfacción de las necesidades humanas. Frente a él se erige el sistema capitalista liberal con su fenomenología de supermercados repletos de bienes y consumidores pagando con dinero plástico. La fenomenología oculta lo que está detrás del fenómeno: en Cuba, la distribución equitativa y universal de los bines escasos; en Estados Unidos, las colas invisibles de millones de personas que no entran al mercado repleto de mercancías por no tener dinero para comprar.

Si tomamos en cuenta, seriamente, que Venezuela se convirtió en el dolor de cabeza del imperialismo estadounidense y sus socios europeos, entonces es necesario suponer que esta estrategia de “guerra económica” es producto del análisis de nuestra realidad hecho en sus centros de investigación y, pensamos nosotros, que el “modelo” a seguir en su diseño no es el Chile de Allende, sino la Cuba de Fidel.

 Y es cierto que se utilizan tácticas aplicadas en Chile, pero la estrategia es otra. Chávez siempre lo tuvo muy claro: estamos enfrentando al enemigo más poderoso que podamos imaginarnos y no descansará hasta dar con la clave para jodernos ¿Y en qué consistía jodernos luego del fracaso con el golpe de Estado y el paro petrolero? En conectar conflictivamente la “revolución política”, que está en proceso de consolidación, con la “base económica”, que no se ha modificado. Tenemos que comparar el golpe de Estado del 2002, con la invasión mercenaria de bahía de Cochinos, derrotada finalmente en Playa Girón, en 1961. Coincidencias: la invasión se intenta tres años después del triunfo de la Revolución cubana y el golpe del 11 de abril de 2002, tres años después de haber llegado Chávez a Miraflores.

La guerra económica, es una estrategia a largo plazo, como la que aplicaron a Cuba. El Chile de Allende, con su dramatismo y sacrificio heroico, ha servido como señuelo para desviar nuestra atención y ya tenemos el primer avance contundente de la contrarrevolución (como sentenció Nicolás el mismo 6 de diciembre), con lo que la estrategia continuará desarrollándose y evaluarán si es conveniente convocar el referendo revocatorio en 2016. El imperialismo estadounidense no tiene prisa y sabe que una derrota golpista del chavismo dejará resabios y esperanzas en el pueblo que pueden revivir a corto plazo, pero un victoria política, electoral, generaría un estado de ánimo colectivo de desilusión y desesperanza a largo plazo, con lo que se facilitaría el trabajo de “limpieza política”, con cobertura democrática, como han hecho en el pueblo estadounidense durante la Guerra Fría y continúan con sus “postguerras” contra los distintos enemigos que han creado (narcotráfico, terrorismo islámico, etc.) y esperan que ocurra con el pueblo cubano una vez integrado al capitalismo.

 Mientras el precio del petróleo nos beneficiaba holgadamente, la revolución política parecía indetenible porque nadie miraba hacia el suelo para recoger un Bolívar, había dinero de sobra (petrocirculante puro y simple) para financiar proyectos, planes, marchas y campañas electorales hasta de un centro de estudiantes, sin control ni seguimiento y sin exigir resultados a corto o mediano plazo. Pero una vez que se desploman dichos precios, es inevitable que la economía se conecte con lo político de manera aparatosa, es decir conflictiva, porque comenzó a escasear el dinero disponible para la funcionalidad burocrática del gobierno, lo que facilitó la extensión de la “guerra económica” a todo el pueblo como réplica de la insuficiencia e incertidumbre que viven las burocracias ministeriales y partidistas desde hace un par de años. ¿Se cumplirá el dicho: en este mundo del Capital una revolución sin dinero no sobrevive, pero con exceso muere ahogada? Esperamos que no.    

Quizá, ahora comprendamos mejor por qué la oposición no necesitó movilizar en manifestaciones públicas a sus seguidores, ni invertir enormes recursos económicos y esfuerzos humanos en su campaña electoral para la Asamblea Nacional. No lo hizo masivamente sino puntualmente, porque su estrategia política, con inevitables implicaciones electorales, es la guerra económica, que, como hemos dicho, no finalizará el 5 de enero ni en el 2016 (a menos que ganen el referendo contra Nicolás), porque su objetivo final es quebrar el nuevo imaginario político, participativo y protagónico, que se ha venido construyendo desde 1998 y que se definió como socialismo del siglo 21.

El imperialismo estadounidense sabe que, históricamente, el nido de la revolución continental no está en Argentina, ni en Brasil, Bolivia o Ecuador, sino en Venezuela, por eso incuba en nuestro suelo el huevo de la serpiente totalitaria y por ello no podemos optar entre vencer o morir… ¡Necesario es vencer!… pero para lograrlo necesitamos una dirigencia humilde, honesta, creativa e irreverente no sólo en el discurso, sino en la acción y ¡Urgente! porque el enemigo está empollado en el seno del pueblo.



[1] Colocamos las comillas no porque dudemos de que sea cierto lo que denuncia el gobierno, sino porque es una nueva estrategia de la derecha continental, liderizada por la estadounidense, que se ha aplicado a la sociedad venezolana y que, a diferencia de la aplicada en Chile contra el gobierno socialista de Allende, no tiene como culminación un golpe de Estado sanguinario dirigido por militares fascistas, sino la derrota política, vía electoral, del proyecto bolivariano, por lo que la estrategia con Allende fue de corto plazo y con nosotros no tiene plazo. A más corto plazo, una vez la “oposición” en el gobierno, sería el desmontaje represivo y con violencia selectiva (mientras sea posible) de la estructura del poder popular chavista. Más que Chile, creemos que es el bloqueo económico a Cuba rediseñado o redimensionado lo que se aplica hoy en Venezuela.  

[2] La inflación concomitante no es más que la vorágine especulativa desatada por la misma escasez programada por  los grandes empresarios respaldados por sus capitales internacionalizados. En otras palabras, la especulación exorbitante con los precios de venta es la estrategia de sobrevivencia de los pequeños y medianos comerciantes ante la incertidumbre generada por la escasez programada.  

Gregorio Pérez Almeida