Crisis en Venezuela: ¿Es la muerte la salida?

bervum

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Me entristece, me cansa de sobremanera presenciar en la calle o leer a través de las plataformas de redes sociales las muestras de odio, de discriminación y descalificación a quienes piensan diferente, en el caso venezolano por desgracia, ese desconocimiento, esa negación selectiva inicia y termina en el terreno político y sobre todo ideológico. Habría que gritar basta. 


Sería utópico pensar que acabaremos en un día con 18 o más años de polarización pero lo que propongo es asumirnos como venezolanos, observarnos sin apasionamientos y entender que son más las cosas que nos unen de las que nos separan. La escasez de alimentos y medicinas, la inseguridad, la inflación, la incertidumbre y la desesperación, ese paquetazo lo sufrimos todos y más aún el sectarismo porque la violencia pega, de bando y bando.
Hace poco conocí un militante oficialista que contaba que en el 2014 durante las llamadas guarimbas se acercó a una protesta para mediar y pedir fuera abierto el acceso vehicular en una avenida del Municipio Palavecino en el estado Lara, no sólo obtuvo una respuesta negativa, también obtuvo una bala de rifle que entró por el pecho y salió por la espalda comprometiendo seriamente su vida, contaba que le habían disparado desde el interior de la Urbanización que en ese momento cerraba el paso y que tuvo que ser ruleteado por trochas y caminos verdes (ya que la avenida continuaba trancada) hasta un centro asistencial donde recibe atención médica y se estabiliza. Él es venezolano, el lamentable hecho hoy lo cuenta y de bromita.
Hace cuatro años un estudiante de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado ejercía su derecho a la protesta en el Decanato de Medicina en el marco de las manifestaciones para denunciar la crisis presupuestaria y el deterioro de los servicios en las universidades públicas acción que llamaron #SOSUniVe. A quemarropa recibió una descarga de perdigones que un Guardia Nacional Bolivariano le propinó por la espalda, cuando en operación tipo comando ingresaban a las instalaciones violentando la autonomía universitaria para dispersar a los estudiantes como fuera. Seriamente herido atraviesa corriendo las instalaciones hasta el área de emergencia del Hospital Central Antonio María Pineda de Barquisimeto, allí luego de una serie de operaciones los médicos salvan su vida, y él, que es mi primo también es venezolano, hoy lo cuenta de bromita.
Ambos fueron víctimas de la radicalidad, de la ceguera irracional que nos lleva a creer que el país sólo va a mejorar con el exterminio del contrario y eso es falso, no es ese fanatismo lo que nos va a ayudar a rescatar la democracia o defender la patria.
Todos tenemos un amigo, un hermano, un familiar o un vecino que a lo largo de estos años se ubicó en la acera de enfrente, a favor o en contra de las políticas del Gobierno (unos con más intensidad que otros), tal vez ya no podemos hablarle porque es víctima de la visceralidad pero tratemos de acercarnos a sus argumentos, pensemos en la distancia pero con humildad que razón tuvo o tiene para levantar esa bandera.
Este es un ejercicio que puede salvarnos de la enfermedad del odio o salvarnos de convertirnos en odiadores de oficio.
El país no es negro y blanco, o no sé si decir azul y rojo; aquí no se trata de que unos se vayan o de que otros no vuelvan, ésta no puede ser una guerra fundamentalista para derramar la sangre de 31 millones de venezolanos ni la va a ganar el último hombre en pie. Que no sea la muerte la salida, que los argumentos no se validen con la cantidad sangre derramada.

Mardylid Castillo