Aunque se incendie el país

bervum

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De los opinadores bien formados y amenos que hay entre nosotros destaca Laureano Márquez. Leer su columna se ha convertido en un must para muchos venezolanos porque siempre uno encuentra, junto con la cita académica y el apunte preciso, el chascarrillo bien emponzoñado y la banderilla bien colocada. El de la semana pasada no es distinto y merece ser glosado extensamente porque creo que debemos —en estos tiempos en los que se quiere imponer a contrapelo una visión que a la legua hiede a fascismo— reiterar cosas que dijo, como: “la única paz duradera es la que puede construirse sobre la voluntad mayoritaria de los ciudadanos”. Eso, supongo que lo entienden en Miraflores pero, aun así, se empeñan en inventar formas espurias de lograr unas mayorías que no son tales. Las fulanas “bases comiciales” no aguantan un empujón lógico; no las aceptaría la tribu más primitiva de entre los hotentotes que habitan el Kalahari. Pero para las cuatro comanditarias del CNE son óptimas; alegan que están bien diseñadas para conocer la opinión de la mayoría nacional; no les ven un solo sesgo a favor del gobierno; las dan por buenas y no sugirieron ni el cambio de una coma. Es que son caimanes del mismo charco que el proponente, ¿o debiera cambiar el símil y hablar de “hienas”?: comen de los mismos despojos que el carroñero mayor y, al igual que este, practican el cleptoparasitismo. En todo caso, ellas y él son los responsables de las lamentables muertes que han ocurrido, y que seguirán ocurriendo, por su empeño en desconocer “la voluntad mayoritaria de los ciudadanos”, palabras de Laureano. 

Más adelante, nuestro glosado afirma con certitud que “ser mayoría no comprende la aniquilación del otro, sino su inclusión, porque más allá de la opinión política, está la ciudadanía como derecho inalienable”; que “es insensato trampear con artilugios leguleyos la voluntad soberana para fingir mayorías que no se tienen” que “no es justo, ni bueno, ni honorable, ni sensato, ni patriota pasar por encima de la voluntad de todos, ‘aunque se incendie el país’, porque bombas lacrimógenas hay muchas, pero extintores veo muy pocos y ya se sabe que las llamas son ingobernables”. Laureano, que se ha leído su Horacio, lo que hace es poner en criollo aquello de: Nam tua res agitur, paries quum proximus ardet. / Et neglecta solent incendia sumere vires (Actúa como si fuese cosa tuya cuando la pared del vecino se quema / (porque) a menudo los incendios que se dejan descuidados toman más fuerza). Una admonición que cae de perlas para tantos indiferentes que ven cómo se acerca la fecha ominosa de la bastarda elección de una ANC marcada en el anca y no hacen nada para evitar ese infame suceso. Los países amigos también debieran tomar nota y adoptar una posición más enérgica contra el régimen que nos desgobierna, no sea que el incendio se propague hacia ellos. Ya estuvieron a punto de quemarse en el pasado reciente —cuando el histrionismo de Boves II embelecó a las mayorías de pensamiento más simple en esas poblaciones—, y aunque lograron enmendar y apagar la pira, puede quedar algún rescoldo bajo las cenizas. Los más mayorcitos recordamos la facilidad con la cual nuestras abuelas, en la mañana, reavivaban las llamas del fogón que habían cubierto la noche anterior con pavesas de la misma leña…

La situación nacional ha venido empeorando más con cada día que pasa. En mucho, porque la incivilidad, la prepotencia y el “medalaganismo” característico de todos los fachos del mundo —entre los cuales hay que contar a los rojos miraflorinos— ha ido permeando hacia los estratos superiores de la estructura militar, ya que a ellos accedieron personas que en épocas más civilizadas de la república jamás hubiesen llegado a los altos mandos. Pareciera que la consigna del régimen es: “mientras más chafarotes, ¡mejor!” Durante mucho tiempo, a partir de mediados del siglo pasado, el estamento militar había estado apegado al respeto a la autoridad civil (y lo había predicado con el ejemplo). Eso fue el producto de un aumento casi logarítmico en la ilustración de la oficialidad, en la cual abundaban los posgrados universitarios de dentro y fuera del país. La cosa empezó a deteriorarse luego que el pitecántropo barinés decretó que “meritocracia” era mala palabra. Y que el ascenso era un derecho, llevándole la contraria a todos los pensadores militares de todas las latitudes y épocas que siempre explicaron que “el ascenso es un premio al mérito y a la virtud”. Animales en uniforme que se dan el tupé de empujar por la espalda al presidente del parlamento —sin motivo, por aparente sevicia y afán de “ponerse en la buena” con el jefe— son el producto de ese adulterino “derecho al ascenso”. No pasan de ser sargentones, sin importar cuántos laureles los hayan adornado indebidamente. Ni cuántas condecoraciones y ascensos les conceda el ilegítimo —inmediatamente después del despropósito— para hacer befa de quienes protestan en contra de su ineptitud, sectarismo y rapacidad.

Con razón se preguntaba un muy querido amigo que no quiere ser mencionado: “¿dónde quedaron el coraje, la dignidad, el decoro y el amor por la institución militar?” Y añadía: “Es indigna la actitud del Mando Militar al desatender su responsabilidad constitucional en el empleo de nuestra FAN para hacer efectiva una de las tareas fundamentales de su misión: ‘la cooperación en el mantenimiento del Orden Interno para, en su lugar, reprimir salvajemente a una sociedad civil que se manifiesta pacíficamente”. Hago propias sus palabras…

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Humberto Seijas Pittaluga