Colombia: Izquierda, cultura política y democracia

Por: Carlos Medina Gallegos, Docente-Investigador. Universidad Nacional de Colombia, Centro de Pensamiento y Seguimiento al Proceso de Paz.

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Tal vez uno de los mayores problemas que tiene la izquierda colombiana, para asumir el actual momento histórico de construcción de paz y a puertas de la coyuntura electoral es el carácter conservador de una ideología y una práctica política que no le permite encontrarse en el desarrollo democrático del país.

Existe una profunda disociación entre la práctica política y un discurso ideológico-cultural, cuya peor expresión es que la ideología asumida en forma totalitaria hace las veces de programa infalible de gobierno, al margen de una realidad histórica que la convoca a innovarse permanentemente, en el marco de una situación social que se lo exige para hacerse objetiva. A eso hay que añadirle la insuficiencia del debate político causado por un déficit creciente de democracia que no permite la diferencia, el pluralismo y el camino de coaliciones de avanzada que posibiliten escenarios de acumulación y favorezcan los procesos de transformación en contextos claramente democráticos.

A nuestra izquierda le resulta difícil aceptar que las ideologías "envejecen" y "caducan" cuando se transforman los contextos históricos que les dieron sentido y que es necesario reinventarlas a cada momento para que cumplan el papel que le corresponde a su tiempo y, que eso significa, ni más ni menos hoy, la necesidad de su actualización en el marco de la lucha por un mayor desarrollo democrático de la sociedad actual.  

El modelo constitucional existente revela marcadas insuficiencias en la garantía de derechos políticos y sociales fundamentales y, la necesidad de su transformación en el marco de la ampliación y profundización de la democracia que no se agota en los sistemas de partidos, regímenes electorales o estatutos de oposición. Existe una marcada separación del sistema institucional y normativo de las necesidades del orden social lo que precariza la legitimidad del sistema y su funcionamiento en correspondencia con las necesidades y urgencias de la población, que la izquierda no logra interpretar como fundamento de la lucha política, pues su anclaje se encuentra en un enfoque teleológico que no le permite encontrarse. No obstante, participar en las luchas de los movimientos sociales, desconoce el valor de las luchas cotidianas de la población por sus más urgentes necesidades, en la construcción de acumulados estratégicos de bienestar.

Las agendas reivindicativas y políticas que dieron origen a las izquierdas en la década del sesenta y setenta, en contextos históricos de especial fervor revolucionario, hoy siendo la naturaleza de los problemas esencialmente iguales, la percepción que tienen las poblaciones de los mismos son sustancialmente distintos. Tal vez el mayor y más difícil reto de la izquierda consiste en subvertirse a sí misma, trasformando sus prácticas culturales, que no solo le impide ser con otros, sino, lo que es aún más grave, ser consigo misma. No existe ninguna manera de avanzar si no se supera las posturas hegemónicas, vanguardistas y excluyentes a través de las cuales se construyen las relaciones con los propios y los afines; si no se produce el desprendimiento de todo tipo de verdad autoritaria y se construyen certezas compartidas, si no hay desintoxicación de todas las maneras de comportarse en radicalismos excluyentes y autodestructivos.

La izquierda tiene que ir superando ese modelo cultural que le imposibilita pensarse en un escenario de lucha política democrática, que ha sido usufructuado monopólicamente por las elites tradicionales de derecha en confrontación con sus propios conflictos e intereses, de una manera diferente a la de ser exclusivamente oposición. Ni en la guerra, ni en la política, la izquierda ha sido una amenaza estratégica para la derecha, ha sido un pretexto funcional para enfrentar y deslegitimar la protesta social, violar los derechos humanos e incrementar las formas de represión, pero no una amenaza para el ejercicio del poder político en beneficio del poder económico.

Hoy es necesario examinar las condiciones y el alcance real de la izquierda en un modelo de desarrollo democrático que se formula como supuesto esencial la representación social directa y la participación ciudadana en el sistema estatal colombiano, no solo en los tradicionales escenarios de representación sino, específicamente en los ámbitos de la gestión pública, el control social a la misma, la planeación estratégica local, regional y nacional, la gestión del bienestar, todo en el marco de nuevas modelos de gobierno, gobernabilidad y gobernanza.

El sistema estatal se ha sostenido pese a las contradicciones que representa, por la calidad de los actores que intervienen en él, todos muy cerca de sus intereses personales y del sector social del que provienen sus financiamientos y muy lejos de los propósitos del bien común y de los sectores populares. Cada vez el sistema funciona más lejos de todas sus prerrogativas, limita el contenido de las atribuciones de sus delegaciones y opera en un contexto que reduce las posibilidades de desempeñar las funciones que el mismo establece. Existe un modelo de democracia contratada que es utilizada para beneficio particular, de la cual es necesario y urgente salir.

Para superar esas situaciones se requiere de una izquierda que reelabore en su práctica el modelo de participación ciudadana desde el Estado mismo devolviéndole la preeminencia de la soberanía popular; aprenda a comunicarse con la ciudadanía, con la sociedad civil en general y los movimientos sociales comunitarios; se refunde políticamente en una perspectiva democrática en proceso creciente de profundización; supere el negacionísmo institucional y aprenda a gobernar y administrar con pulcritud el Estado.

Una izquierda que sepa relacionarse con los sectores productivos en una perspectiva que favorezca el desarrollo económico nacional y la producción del bienestar de las poblaciones. Una izquierda que no le haga propaganda a derecha y se descalifique a sí misma. Una izquierda moderna, amplia y democrática capaz de actuar con eficiencia y eficacia en el universo político y económico existente en una perspectiva de cambios permanentes.

El cambio comienza por renovar las direcciones y liderazgos, hacer auténticos relevos generacionales, que no consisten en reemplazar viejos sabios, innovadores y demócratas, por jóvenes añejos, radicales y sectarios, sino, por cambiar la manera de verse y comportarse en el mundo en relación con el interés público y común; transformar los programas maximalistas por programas pertinentes y realistas, alcanzables; cambiar el lenguaje autoritario, por un lenguaje incluyente, establecer nuevas estrategias de comunicación, nuevos símbolos y rituales.

La izquierda para cambiar necesita más imaginación, más alegría, mayor capacidad para dar amor.